¿A QUE RECIBIÓ usted menos mensajes SMS en su teléfono celular la pasada Nochevieja? Bueno, y de los que envió, ya ni hablamos: al jefe de la oficina, por quedar bien; al primo sordo que nunca se entera de que lo están llamando; y a ese amigo inasequible al desaliento que sigue felicitando el Año Nuevo a las 8.30 de la mañana del día 31. Y ese último no cuenta, porque fue devolución de mensaje. Ah, qué tiempos aquellos en que te llegaban aquellas retahílas a cual más borde o más malage o más larga, hala y venga a reenviar, a todos los contactos de la agenda… y al resto de comensales para compartir la gracia… Pero eso se acabó.
Vamos que si se acabó. ¿Y los anuncios de turrones? ¿Dónde han ido a parar? ¡El lobo, qué buen turrón! Joé, pues lo habrán matado en una batida porque no hay rastro del lobo ni del que lo cazó. Y quien dice turrones, dice mazapanes o mantecados. Nada. Cómo será la cosa que el Papá Noel se ha quedado con tres pares… de gafas.
Hay más indicadores de la tiesura navideña, no se crean. Vamos a ver, el día de Año Nuevo, cómo estaba su calle de sucia. Porque aquí si no se ensucia parece que no estamos contentos. Pero, bueno, vale también. Seguro que hay algún economista indio o chino residente en los Estados Unidos que está dándole vueltas a la relación inversamente proporcional entre los metros de serpentinas tirados por la calle en Nochevieja y el incremento del PIB nacional. ¿A que no vio usted serpentinas? Y de los hilánganos esos de colores que lo dejaban todo pringado, ¿cuántos vio este año?
Aquí está todo el mundo a la cuarta pregunta y no es plan de andar tirando lo que sea por la ventana. Ni petardos, ¿verdad? Sí, los chavales se los reservaron para esa noche y a otra cosa, mariposa. No como antes, que estaban dos semanas seguidas dale que te pego con las bombetas y la traca dando la matraca.
Ahora, que el mejor indicador navideño de la crisis son los paseantes. Mucha gente por la calle, venga a mirar escaparates, que le van a sacar brillo a los cristales con la nariz pegada, pero de comprar, ah, esa es otra historia. Gente con las manos vacías o con una bolsita a lo sumo, pero eso de los paquetones es que hasta nos parece de horteras y nuevos ricos. Lo que éramos.
Eso sí, ha sido cobrar la nómina de diciembre y no vea las colas que se formaron ayer lunes en los centros comerciales de la periferia. Del centro histórico, con su plan de tráfico a cuestas, mejor hablamos otro día.
javier.rubio@elmundo.es
4/01/11
miércoles, 12 de enero de 2011
Sálvame del Ateneo
(Los que de un oficio tratan, / ponen, señor, a las puertas / un escudo de sus armas; / trato en honor, y así pongo / mi mano en sangre bañada / a la puerta; que el honor / con sangre, señor, se lava.)
Va para veinticinco años que la polémica versión de El médico de su honra con que se estrenaba la Compañía Nacional de Teatro Clásico subió al escenario del Lope de Vega sevillano. Marsillach y Cytrynowski desnudaron la escena -unos bancos como de gimnasia sueca por toda escenografía- para que resplandeciera en toda su crudeza el drama del médico afrentado que le receta una sangría a su mujer creyéndola adúltera para lavar su honra. El caso es que la obra (celos, venganza, honor) se ha vuelto a poner en escena la semana pasada en versión libre con protagonistas tan sevillanos como la Doña Mencía calderoniana. Sólo que el presidente del Ateneo, Alberto Máximo Pérez Calero, no llega a la altura del zancajo a Marsillach y este nuevo El médico de su honra le ha salido hecho un churro abominable del que nada hay aprovechable.
La apresurada sinopsis del lamentable espectáculo sigue sólo en parte el drama original de Calderón de la Barca. Aquí también ha habido un médico deshonrado en público que prefiere desangrar a su mujer en castigo. ¿Quién ha dicho que los dramas de honor están pasados de moda? Si acaso, lo que enseña este chusco episodio es que se han puesto al día con ex jesuitas taxistas que cuelgan los hábitos antes y después de yacer con damas a las que brindan consuelo espiritual... y carnal, hijos que corren en socorro de la víctima añadiendo oprobio al oprobio, jueces que dan carpetazo a denuncias ignominiosas y vengativos truhanes que disfrutan arrastrando por el fango a quienes osaron torcerle el gesto. Y también miserables revestidos con ropajes que les vienen grandes a los que les flaquean las piernas y arrebatacapas de fortuna que pasaban por allí. Todo un repertorio de personajes de nuestro Siglo de Oro.
Sólo que en el presente no hay nada de ese metal noble refulgente y sí mucha basura. Al fin y al cabo, lo que representa el episodio del rey mago es la entronización de la vulgaridad y el chismorreo como valores supremos de la sociedad. Las habladurías que condenaron a Doña Mencía en el drama calderoniano están a la orden del día en programas televisivos cotidianos hasta haberse convertido en el ingrediente fundamental de la información local estos días.
Lo sorprendente, lo realmente llamativo del caso, es que todas esas miserias humanas de las que todos estamos bien surtidos han pasado a ventilarse en público en vez de en la intimidad de la mesa de camilla o -en el peor de los casos- entre las cuatro paredes de una casa en El Rocío, que la romería pentecostal siempre había sido ocasión propicia para revelaciones demoledoras sobre la honra de los romeros.
Antes al contrario, ahora se airean los trapos sucios con impudicia manifiesta en un enloquecido turno de réplicas y dúplicas que sólo el buen criterio del director del competidor Abc ha parado a tiempo. Es el formato Sálvame trasplantado a la vida de unas personas anónimas de cuya existencia y peripecias no conocía más que sucírculo íntimo.
Lo que augura ese modelo en el que la escalada de imprecaciones carece de fin y en el que la propia conciencia de lo que está bien y de lo que está mal se supedita en todo momento a los fines perseguidos es la degradación de la convivencia hasta extremos que ni somos capaces de imaginar. El affaire Wikileaks ha comprometido la libertad con que se habla en secreto en modo análogo a como va a comprometer la proyección pública en Sevilla el affaire Melchor.
Hoy como ayer, sólo hay que identificar cuáles son los delitos imprescriptibles sobre los que la sociedad no concede remisión posible para mancillar el honor de algún rival. En el Siglo de Oro, tal delito era el adulterio. Hoy, son los abusos sexuales a menores o la violencia llamada de género. Y acaso porque en Sevilla estén más vivos que en ninguna otra parte los estereotipos sociales (las convenciones establecidas, la buena reputación, las apariencias que hay que guardar) es por lo que este drama de celos y venganzas se ha cobrado o se va a cobrar tantas víctimas.
El propio presidente del Ateneo ha confesado que el caso deja «tocada» a la institución que dirige. Tal vez convendría empezar por desmontar la excesiva influencia social que le hemos dado al hecho de disfrazarse con unas barbas y tirar caramelos a diestro y siniestro durante horas en plena calle.
Dejémonos de sandeces: la cabalgata no es nada. La ilusión de los niños nada tiene que ver con este desfile de vanidades pregonado hasta la náusea como si fuera el mayor honor que puede recibir en vida un sevillano. No, ya está bien. ¿Quién nos va a salvar de tantos ateneos en los que se barniza las presuntuosas ínfulas de quienes no tienen otro marco donde destacar? Esa salvación se me antoja urgente.
javier.rubio@elmundo.es
03/01/2011
Va para veinticinco años que la polémica versión de El médico de su honra con que se estrenaba la Compañía Nacional de Teatro Clásico subió al escenario del Lope de Vega sevillano. Marsillach y Cytrynowski desnudaron la escena -unos bancos como de gimnasia sueca por toda escenografía- para que resplandeciera en toda su crudeza el drama del médico afrentado que le receta una sangría a su mujer creyéndola adúltera para lavar su honra. El caso es que la obra (celos, venganza, honor) se ha vuelto a poner en escena la semana pasada en versión libre con protagonistas tan sevillanos como la Doña Mencía calderoniana. Sólo que el presidente del Ateneo, Alberto Máximo Pérez Calero, no llega a la altura del zancajo a Marsillach y este nuevo El médico de su honra le ha salido hecho un churro abominable del que nada hay aprovechable.
La apresurada sinopsis del lamentable espectáculo sigue sólo en parte el drama original de Calderón de la Barca. Aquí también ha habido un médico deshonrado en público que prefiere desangrar a su mujer en castigo. ¿Quién ha dicho que los dramas de honor están pasados de moda? Si acaso, lo que enseña este chusco episodio es que se han puesto al día con ex jesuitas taxistas que cuelgan los hábitos antes y después de yacer con damas a las que brindan consuelo espiritual... y carnal, hijos que corren en socorro de la víctima añadiendo oprobio al oprobio, jueces que dan carpetazo a denuncias ignominiosas y vengativos truhanes que disfrutan arrastrando por el fango a quienes osaron torcerle el gesto. Y también miserables revestidos con ropajes que les vienen grandes a los que les flaquean las piernas y arrebatacapas de fortuna que pasaban por allí. Todo un repertorio de personajes de nuestro Siglo de Oro.
Sólo que en el presente no hay nada de ese metal noble refulgente y sí mucha basura. Al fin y al cabo, lo que representa el episodio del rey mago es la entronización de la vulgaridad y el chismorreo como valores supremos de la sociedad. Las habladurías que condenaron a Doña Mencía en el drama calderoniano están a la orden del día en programas televisivos cotidianos hasta haberse convertido en el ingrediente fundamental de la información local estos días.
Lo sorprendente, lo realmente llamativo del caso, es que todas esas miserias humanas de las que todos estamos bien surtidos han pasado a ventilarse en público en vez de en la intimidad de la mesa de camilla o -en el peor de los casos- entre las cuatro paredes de una casa en El Rocío, que la romería pentecostal siempre había sido ocasión propicia para revelaciones demoledoras sobre la honra de los romeros.
Antes al contrario, ahora se airean los trapos sucios con impudicia manifiesta en un enloquecido turno de réplicas y dúplicas que sólo el buen criterio del director del competidor Abc ha parado a tiempo. Es el formato Sálvame trasplantado a la vida de unas personas anónimas de cuya existencia y peripecias no conocía más que sucírculo íntimo.
Lo que augura ese modelo en el que la escalada de imprecaciones carece de fin y en el que la propia conciencia de lo que está bien y de lo que está mal se supedita en todo momento a los fines perseguidos es la degradación de la convivencia hasta extremos que ni somos capaces de imaginar. El affaire Wikileaks ha comprometido la libertad con que se habla en secreto en modo análogo a como va a comprometer la proyección pública en Sevilla el affaire Melchor.
Hoy como ayer, sólo hay que identificar cuáles son los delitos imprescriptibles sobre los que la sociedad no concede remisión posible para mancillar el honor de algún rival. En el Siglo de Oro, tal delito era el adulterio. Hoy, son los abusos sexuales a menores o la violencia llamada de género. Y acaso porque en Sevilla estén más vivos que en ninguna otra parte los estereotipos sociales (las convenciones establecidas, la buena reputación, las apariencias que hay que guardar) es por lo que este drama de celos y venganzas se ha cobrado o se va a cobrar tantas víctimas.
El propio presidente del Ateneo ha confesado que el caso deja «tocada» a la institución que dirige. Tal vez convendría empezar por desmontar la excesiva influencia social que le hemos dado al hecho de disfrazarse con unas barbas y tirar caramelos a diestro y siniestro durante horas en plena calle.
Dejémonos de sandeces: la cabalgata no es nada. La ilusión de los niños nada tiene que ver con este desfile de vanidades pregonado hasta la náusea como si fuera el mayor honor que puede recibir en vida un sevillano. No, ya está bien. ¿Quién nos va a salvar de tantos ateneos en los que se barniza las presuntuosas ínfulas de quienes no tienen otro marco donde destacar? Esa salvación se me antoja urgente.
javier.rubio@elmundo.es
03/01/2011
sábado, 2 de octubre de 2010
jueves, 4 de marzo de 2010
Todo sea por el partido
EN NOVIEMBRE de 2001, un disciplinado militante socialista por entonces alcalde de Sevilla gracias al pacto con los andalucistas, abjuraba de la amistad con su antiguo vicepresidente en la Diputación Provincial, Juan Manuel López Benjumea, y votaba en contra de la fusión de las cajas de ahorros sevillanas sin apartarse un milímetro de la consigna que había dado el partido: exhibir la papeleta contra el acuerdo con El Monte en la asamblea de la Caja San Fernando.
Alfredo Sánchez Monteseirín estaba a lo que le ordenara el partido, que le había allanado el acuerdo con Rojas Marcos apenas 30 meses antes. Si el partido, como supremo hacedor de la política, decidía que el presidente de la caja de ahorros era reo de lesa majestad, no había más que hacer lo que se mandara mostrando sonriente el voto para que no cupieran dudas.
Ayer, miércoles 3 de marzo de 2010, a Alfredo Sánchez Monteseirín le tocó volver a enseñar la papeleta para que todos la vieran. El partido le había ordenado que cometiera suicidio político al anunciar de viva voz que desistía de ser el candidato en las próximas elecciones municipales en mayo de 2011. Para que no queden sospechas de por qué lo hace, se apresuró a explicar que su renuncia era para «favorecer al PSOE», esto es, sus expectativas electorales en la cita con las urnas del año entrante. Fin de su carrera como alcalde. Los designios del partido son inescrutables y los que mandan han decidido que Monteseirín resta más que suma al proyecto socialista, así que no caben discusiones.
Podía haber puesto más grandeza en el ceremonial del seppuku. Podía haber elegido otro momento, otra puesta en escena como cuando hacía balance de su gestión y reunía a todo el equipo de gobierno detrás de sí para dar impresión de bloque. Podía haber hecho una convocatoria solemne en el Ayuntamiento, rodeado de sus fieles, en vez de esa entrevista con la radio pública a matacaballo después de que Griñán precipitara los acontecimientos –¿por qué al día siguiente de la condena firme de dos de sus colaboradores y cinco días antes de un testimonio clave en el caso Mercasevilla?– confirmando que le había pedido no volver a presentarse.
Pero, sobre todo, podía haber tenido un poco más de consideración con los ciudadanos, con los que le han votado y con los que no, con los que le seguían apoyando pese a todo y con los que no veían que llegara este día. A todos les debía algo más que una justificación tan burda como la de no perjudicar a su partido. A Sevilla ya bastante la ha perjudicado.
Alfredo Sánchez Monteseirín estaba a lo que le ordenara el partido, que le había allanado el acuerdo con Rojas Marcos apenas 30 meses antes. Si el partido, como supremo hacedor de la política, decidía que el presidente de la caja de ahorros era reo de lesa majestad, no había más que hacer lo que se mandara mostrando sonriente el voto para que no cupieran dudas.
Ayer, miércoles 3 de marzo de 2010, a Alfredo Sánchez Monteseirín le tocó volver a enseñar la papeleta para que todos la vieran. El partido le había ordenado que cometiera suicidio político al anunciar de viva voz que desistía de ser el candidato en las próximas elecciones municipales en mayo de 2011. Para que no queden sospechas de por qué lo hace, se apresuró a explicar que su renuncia era para «favorecer al PSOE», esto es, sus expectativas electorales en la cita con las urnas del año entrante. Fin de su carrera como alcalde. Los designios del partido son inescrutables y los que mandan han decidido que Monteseirín resta más que suma al proyecto socialista, así que no caben discusiones.
Podía haber puesto más grandeza en el ceremonial del seppuku. Podía haber elegido otro momento, otra puesta en escena como cuando hacía balance de su gestión y reunía a todo el equipo de gobierno detrás de sí para dar impresión de bloque. Podía haber hecho una convocatoria solemne en el Ayuntamiento, rodeado de sus fieles, en vez de esa entrevista con la radio pública a matacaballo después de que Griñán precipitara los acontecimientos –¿por qué al día siguiente de la condena firme de dos de sus colaboradores y cinco días antes de un testimonio clave en el caso Mercasevilla?– confirmando que le había pedido no volver a presentarse.
Pero, sobre todo, podía haber tenido un poco más de consideración con los ciudadanos, con los que le han votado y con los que no, con los que le seguían apoyando pese a todo y con los que no veían que llegara este día. A todos les debía algo más que una justificación tan burda como la de no perjudicar a su partido. A Sevilla ya bastante la ha perjudicado.
Urbanismo bajo condena
ALEJANDRO ROJAS-MARCOS, en uno de sus habituales rasgos de lucidez, ha dado la respuesta que debió dar en su día Pepe Núñez cuando el alcalde Monteseirín se la jugó a doble o nada para romper con los andalucistas en las municipales de 2003. Ha dicho el ex alcalde que si al PA lo masacraron aquella campaña con el remoquete de «urbanismo bajo sospecha», el de ahora mismo –en coalición con Izquierda Unida– va a ser el «urbanismo bajo condena». Aquí está la primera. Y no de un juez que le tiene inquina al PSOE o que le debe favores a Zoido como malévolamente insinúan, no de ninguna sala vaticana que mea agua bendita, no de ningún juez aupado por el PP; no, del Tribunal Supremo, que ha confirmado en todos sus extremos la condena contra José Pardo y José Marín por el caso conocido como de las facturas falsas del distrito Macarena.
Así empieza a escribirse la historia de este Ayuntamiento en el que dos falsarios hacían y deshacían cobrando facturas a sabiendas de que los trabajos no se habían ejecutado o no se habían terminado. Conviene recordar los hechos probados a los que ahora el Supremo no borra ni una coma: «José Pardo pretendía obtener más dinero del que le correspondería por las obras realmente realizadas». «José Pardo actuaba aparentando que lo hacía por cuenta de la empresa Contratas y Obras Sevilla SL, pese a que sabía que la empresa había cesado su actividad a finales de 2002 y que no tenía la representación de la misma». «José Marín, que era secretario del distrito Macarena, conscientemente permitió que José Pardo cobrara obras no ejecutadas o parcialmente ejecutadas pese a conocer que estas no se habían ejecutado o se habían ejecutado parcialmente». «José Marín sabía que José Pardo no era el representante de Contratas y Obras Sevilla SL y no podía actuar en su nombre». «Sólo después de que el concejal responsable del distrito Macarena firmara los cheques para el pago de las obras, en algunos de ellos José Marín añadió a mano el nombre de José Pardo con el propósito de eludir los controles de la Administración».
Esto es ya verdad jurídica camino de la colección Aranzadi. Y ahora, que vengan los que todo lo disculpan cuando cae de aquel lado a decir que fue sólo la trapisonda de dos aprovechados, pero que el Ayuntamiento con Monteseirín a la cabeza hizo lo que tenía que hacer en cuanto tuvo noticia, por cierto a través de este periódico, que puso su empeño en aclarar un asunto que olía mal de lejos.
En realidad, esta sentencia del Supremo a quien hace justicia es a Paola Vivancos y a Rafael Carmona, los andalucistas que pagaron la osadía de destapar el escándalo con su apartamiento de la vida municipal.
Así empieza a escribirse la historia de este Ayuntamiento en el que dos falsarios hacían y deshacían cobrando facturas a sabiendas de que los trabajos no se habían ejecutado o no se habían terminado. Conviene recordar los hechos probados a los que ahora el Supremo no borra ni una coma: «José Pardo pretendía obtener más dinero del que le correspondería por las obras realmente realizadas». «José Pardo actuaba aparentando que lo hacía por cuenta de la empresa Contratas y Obras Sevilla SL, pese a que sabía que la empresa había cesado su actividad a finales de 2002 y que no tenía la representación de la misma». «José Marín, que era secretario del distrito Macarena, conscientemente permitió que José Pardo cobrara obras no ejecutadas o parcialmente ejecutadas pese a conocer que estas no se habían ejecutado o se habían ejecutado parcialmente». «José Marín sabía que José Pardo no era el representante de Contratas y Obras Sevilla SL y no podía actuar en su nombre». «Sólo después de que el concejal responsable del distrito Macarena firmara los cheques para el pago de las obras, en algunos de ellos José Marín añadió a mano el nombre de José Pardo con el propósito de eludir los controles de la Administración».
Esto es ya verdad jurídica camino de la colección Aranzadi. Y ahora, que vengan los que todo lo disculpan cuando cae de aquel lado a decir que fue sólo la trapisonda de dos aprovechados, pero que el Ayuntamiento con Monteseirín a la cabeza hizo lo que tenía que hacer en cuanto tuvo noticia, por cierto a través de este periódico, que puso su empeño en aclarar un asunto que olía mal de lejos.
En realidad, esta sentencia del Supremo a quien hace justicia es a Paola Vivancos y a Rafael Carmona, los andalucistas que pagaron la osadía de destapar el escándalo con su apartamiento de la vida municipal.
Estrenos de Reyes Magos
¿QUÉ SE HACE un día festivo que cae en lunes después de un fin de semana en que se anunció la «tormenta perfecta» aunque quedara en «indefinida» y dos meses de lluvias ininterrumpidas? Sí, ¿qué se hace cuando los comercios no están abiertos y todavía no es tiempo de ir a la playa?
Para encontrar una respuesta había que estar ayer en el parque de María Luisa, aunque uno se malicia que pasaría lo mismo en la casa de campo del Alamillo o las otras zonas verdes repartidas por la ciudad. Allí estaban padres e hijos estrenando las bicicletas que les trajeron los Reyes Magos y que no habían sacado del trastero, con tanta agua como ha caído desde entonces.
Claro, lloviendo quién va a darse un garbeo en bici. Por eso, cuando ayer salió el sol, no se lo pensaron: hala, a estrenar las bicicletas y los patines al cabo de dos meses. Y veías familias enteras en bicicleta, las nenas con esas tan monas todas de rosita y los chiquillos con esas de ruedas gordas muy útiles para atravesar los fangales en que se han convertido los caminos del parque de María Luisa después de soportar casi mil litros de agua por metro cuadrado durante el invierno.
El parque estaba animado como nunca. Familias enteras paseando arriba y abajo por la plaza de América, subiendo al Gurugú o trepando por los juegos infantiles al lado de Eritaña. Tenemos dicho que la crisis ha hecho subir el aprecio por una mañana de paseo en el parque, donde no te cobran por entrar y la única tentación consumista a la que puedes sucumbir es comprar un paquetito de arvejones que tampoco es para salir de pobre, vamos.
Antes, en los buenos tiempos, ibas una mañana al parque y nada más que encontrabas a inmigrantes: las ucranianas, tan rubias y tan mujeronas, de corrinche sentadas en un banco; las marroquíes, siempre detrás de un primo o un hermano; y los matrimonios de andinos, con los chiquitines a todas partes. Pero cómo ha cambiado la cosa: ahora los nacionales ganan por goleada.
Si alguien piensa que estoy exagerando, haga memoria. De los días transcurridos desde la Pascua de Epifanía, ha llovido en la mitad más o menos. De la otra mitad ‘seca’ hay que descontar los nublados, los fríos y los neblinosos, que no es plan de ponerse a dar vueltas con la bici sin ver a los niños. Y de los que quedan, descuente los laborables a ver cuántos salen. Y de los fines de semana, reste los sábados con todos los hipermercados del mundo abiertos de par en par. ¿Qué, duda ahora de que estaban de estreno ayer padres e hijos con las bicicletitas y los patines de los Reyes Magos?
Para encontrar una respuesta había que estar ayer en el parque de María Luisa, aunque uno se malicia que pasaría lo mismo en la casa de campo del Alamillo o las otras zonas verdes repartidas por la ciudad. Allí estaban padres e hijos estrenando las bicicletas que les trajeron los Reyes Magos y que no habían sacado del trastero, con tanta agua como ha caído desde entonces.
Claro, lloviendo quién va a darse un garbeo en bici. Por eso, cuando ayer salió el sol, no se lo pensaron: hala, a estrenar las bicicletas y los patines al cabo de dos meses. Y veías familias enteras en bicicleta, las nenas con esas tan monas todas de rosita y los chiquillos con esas de ruedas gordas muy útiles para atravesar los fangales en que se han convertido los caminos del parque de María Luisa después de soportar casi mil litros de agua por metro cuadrado durante el invierno.
El parque estaba animado como nunca. Familias enteras paseando arriba y abajo por la plaza de América, subiendo al Gurugú o trepando por los juegos infantiles al lado de Eritaña. Tenemos dicho que la crisis ha hecho subir el aprecio por una mañana de paseo en el parque, donde no te cobran por entrar y la única tentación consumista a la que puedes sucumbir es comprar un paquetito de arvejones que tampoco es para salir de pobre, vamos.
Antes, en los buenos tiempos, ibas una mañana al parque y nada más que encontrabas a inmigrantes: las ucranianas, tan rubias y tan mujeronas, de corrinche sentadas en un banco; las marroquíes, siempre detrás de un primo o un hermano; y los matrimonios de andinos, con los chiquitines a todas partes. Pero cómo ha cambiado la cosa: ahora los nacionales ganan por goleada.
Si alguien piensa que estoy exagerando, haga memoria. De los días transcurridos desde la Pascua de Epifanía, ha llovido en la mitad más o menos. De la otra mitad ‘seca’ hay que descontar los nublados, los fríos y los neblinosos, que no es plan de ponerse a dar vueltas con la bici sin ver a los niños. Y de los que quedan, descuente los laborables a ver cuántos salen. Y de los fines de semana, reste los sábados con todos los hipermercados del mundo abiertos de par en par. ¿Qué, duda ahora de que estaban de estreno ayer padres e hijos con las bicicletitas y los patines de los Reyes Magos?
¿Tenemos un plan?
El jueves pasado, el alcalde Monteseirín daba otro bandazo en relación con el tranvía. Otro más. Ahora, la «prioridad» y la «necesidad» pasan a ser conectar la estación de Santa Justa con la plaza de la Encarnación –se supone que cuando ya esté lista, si lo está alguna vez– a través de una línea de tranvía. A su juicio, sería «un paso de gigante» sustituir los autobuses que se acercan al centro desde el norte y el este de la ciudad por un ramal del tranvía que paradójicamente el Ayuntamiento que preside está prolongando justo en la dirección contraria, buscando enlazar la estación central de viajeros ferroviarios con la Plaza Nueva.
Resulta casi imposible hacerse una idea de lo que quiere lograr el equipo de gobierno municipal. El propio Monteseirín ha incorporado la máscara de la esfinge para sugerir otras opciones sin concretar cuáles puedan ser: «Se abren más posibilidades, no sólo hacia Santa Justa desde San Bernardo, sino desde otros puntos a otros lugares».
Ya. El tranvía llegará a San Bernardo duplicando el trazado del metro subterráneo, pero eso no parece importarle demasiado a las lumbreras municipales. Tampoco saben cómo llegar desde allí a Santa Justa: bien por la avenida de la Buhaira bien por la avenida de San Francisco Javier.
Pero es que antes de eso, hubo otras propuestas. Por ejemplo, se acarició un tiempo la posibilidad de que el tranvía circulara por la calle Torneo para conectar un ramal proyectado hasta la Plaza de Armas con la Barqueta y de ahí, atravesando la Alameda, con la Campana. Para llegar a la Plaza de Armas, el trazado que ahora muere en la Plaza Nueva debería prolongarse por Zaragoza, Reyes Católicos y Julio César.
Pero es que antes de esa ensoñación, el concejal de Movilidad, Francisco Fernández, soñaba en voz alta con extender el tranvía, a modo de «metro en superficie», a barrios periféricos de la ciudad tales como Sevilla Este y Pino Montano. Con prevención, el edil hablaba de hacer compatibles ambos sistemas de transporte público para evitar solapamientos y se atrevió a poner el ejemplo de París, donde algunas líneas de metro van elevadas como era costumbre en las ciudades a principios del siglo XX para evitar que los transportes confluyeran en una misma plataforma. Pero antes de decidir llevar el tranvía hasta los barrios de las afueras, convendrá saber qué se va a hacer con la ampliación de la red de metro, circunscrito en la actualidad a una sola línea.
Y aquí también tienen un sueño –han debido de leer demasiado a Martin Luther King– en el Ayuntamiento, expresado después de lo del tranvía por Sevilla Este pero antes de lo del trazado por la calle Torneo. Se trataría, ni más ni menos, que de ejecutar seis tramos de las líneas 2, 3 y 4 del metro en conexión con la línea 1 ya ejecutada para dar servicio inmediato a vecinos de Triana, la Macarena, el centro, Nervión, el Polígono de San Pablo, Bami y Heliópolis.
Itinerarios para perderse
Por entonces (mayo del año pasado), se atrevían a ponerle fechas al sueño: 2011 para que entraran en servicio los ramales troceados de Plaza de Armas-Santa Justa, Santa Justa-Avenida de Andalucía, San Lázaro-Puerta Osario, Reina Mercedes-Prado de San Sebastián, Plaza de Armas-Virgen de la Oliva, Avenida de Andalucía-Reina Mercedes con siete estaciones intermodales de conexión.
¿Se ha perdido acaso amable lector con esta sucesión de imposibles? No me extraña. Confieso que yo también ando extraviado entre tanto plan y contraplan como son capaces de sacarse de la manga. Un día el tranvía va por un sitio y al siguiente, justo en la dirección contraria. Un mes quieren seguir el metro por un trazado y al mes siguiente, justo por la opuesta.
El discurso oficial en torno a la movilidad –incluyendo aquí recorridos peatonales, restricciones al tráfico rodado, extensiones de transportes públicos, infraestructuras ferroviarias y aparcamientos disuasorios– asemeja a un enorme caldero en el que se cuecen todos los ingredientes a la vez como si un cocinero demente los fuera añadiendo sin ton ni son sin perder el hervor. Al final, lo que se escuchan son los borboteos de la cocción estallando como pompas.
Pretender que el ciudadano medio se haga siquiera una idea aproximada de cómo va a quedar el mapa de movilidad urbana es, en tales circunstancias, una quimera. En primer lugar, porque ni ellos mismos lo saben. Cualquiera en su sano juicio, se sentaría con todas las administraciones implicadas, con todos los sectores concernidos, con todos los actores que tienen algo que decir a diseñar un plan consistente, bien formulado y mejor graduado en el tiempo en función de la disponibilidad de recursos y las necesidades de la población.
Un papel en el que se especifique claramente qué va antes de qué y cuánto va a costar cada medida. Nada de eso se ha hecho, según parece. Incluso puede dudarse de que, en realidad, tengan un plan.
Resulta casi imposible hacerse una idea de lo que quiere lograr el equipo de gobierno municipal. El propio Monteseirín ha incorporado la máscara de la esfinge para sugerir otras opciones sin concretar cuáles puedan ser: «Se abren más posibilidades, no sólo hacia Santa Justa desde San Bernardo, sino desde otros puntos a otros lugares».
Ya. El tranvía llegará a San Bernardo duplicando el trazado del metro subterráneo, pero eso no parece importarle demasiado a las lumbreras municipales. Tampoco saben cómo llegar desde allí a Santa Justa: bien por la avenida de la Buhaira bien por la avenida de San Francisco Javier.
Pero es que antes de eso, hubo otras propuestas. Por ejemplo, se acarició un tiempo la posibilidad de que el tranvía circulara por la calle Torneo para conectar un ramal proyectado hasta la Plaza de Armas con la Barqueta y de ahí, atravesando la Alameda, con la Campana. Para llegar a la Plaza de Armas, el trazado que ahora muere en la Plaza Nueva debería prolongarse por Zaragoza, Reyes Católicos y Julio César.
Pero es que antes de esa ensoñación, el concejal de Movilidad, Francisco Fernández, soñaba en voz alta con extender el tranvía, a modo de «metro en superficie», a barrios periféricos de la ciudad tales como Sevilla Este y Pino Montano. Con prevención, el edil hablaba de hacer compatibles ambos sistemas de transporte público para evitar solapamientos y se atrevió a poner el ejemplo de París, donde algunas líneas de metro van elevadas como era costumbre en las ciudades a principios del siglo XX para evitar que los transportes confluyeran en una misma plataforma. Pero antes de decidir llevar el tranvía hasta los barrios de las afueras, convendrá saber qué se va a hacer con la ampliación de la red de metro, circunscrito en la actualidad a una sola línea.
Y aquí también tienen un sueño –han debido de leer demasiado a Martin Luther King– en el Ayuntamiento, expresado después de lo del tranvía por Sevilla Este pero antes de lo del trazado por la calle Torneo. Se trataría, ni más ni menos, que de ejecutar seis tramos de las líneas 2, 3 y 4 del metro en conexión con la línea 1 ya ejecutada para dar servicio inmediato a vecinos de Triana, la Macarena, el centro, Nervión, el Polígono de San Pablo, Bami y Heliópolis.
Itinerarios para perderse
Por entonces (mayo del año pasado), se atrevían a ponerle fechas al sueño: 2011 para que entraran en servicio los ramales troceados de Plaza de Armas-Santa Justa, Santa Justa-Avenida de Andalucía, San Lázaro-Puerta Osario, Reina Mercedes-Prado de San Sebastián, Plaza de Armas-Virgen de la Oliva, Avenida de Andalucía-Reina Mercedes con siete estaciones intermodales de conexión.
¿Se ha perdido acaso amable lector con esta sucesión de imposibles? No me extraña. Confieso que yo también ando extraviado entre tanto plan y contraplan como son capaces de sacarse de la manga. Un día el tranvía va por un sitio y al siguiente, justo en la dirección contraria. Un mes quieren seguir el metro por un trazado y al mes siguiente, justo por la opuesta.
El discurso oficial en torno a la movilidad –incluyendo aquí recorridos peatonales, restricciones al tráfico rodado, extensiones de transportes públicos, infraestructuras ferroviarias y aparcamientos disuasorios– asemeja a un enorme caldero en el que se cuecen todos los ingredientes a la vez como si un cocinero demente los fuera añadiendo sin ton ni son sin perder el hervor. Al final, lo que se escuchan son los borboteos de la cocción estallando como pompas.
Pretender que el ciudadano medio se haga siquiera una idea aproximada de cómo va a quedar el mapa de movilidad urbana es, en tales circunstancias, una quimera. En primer lugar, porque ni ellos mismos lo saben. Cualquiera en su sano juicio, se sentaría con todas las administraciones implicadas, con todos los sectores concernidos, con todos los actores que tienen algo que decir a diseñar un plan consistente, bien formulado y mejor graduado en el tiempo en función de la disponibilidad de recursos y las necesidades de la población.
Un papel en el que se especifique claramente qué va antes de qué y cuánto va a costar cada medida. Nada de eso se ha hecho, según parece. Incluso puede dudarse de que, en realidad, tengan un plan.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)